El Arte es un Delirio
Somos una generación al borde del abismo, ¿pero cuantas generaciones han estado al borde del abismo? Somos rebeldes y obstinados, proclamamos la libertad sobre el cementerio de sus anhelos. Nacimos de cara al tiempo con la sonrisa eterna de sentirnos históricos, sin conocer nuestra historia o entendiéndola por retazos. Nuestro presente parece un pasado, porque ya fuimos antes de ser y ya gritamos y nos revolcamos en sudores y menjurjes antiguos. Siempre nos molestó la autoridad del padre, lo encarnamos y lo enmascaramos y él, siempre ha sido el mismo que nos mira burlonamente desde su trono holográfico. Sin saber a quién injuriar, hemos injuriado e imprecado contra nobles caballeros arrodillados y contra monjes oscuros y mujeres furtivas. Nos hemos rebelado contra el orden, sin saber que el desorden es ordinario.
Y en los lujos y voluptuosidades hemos buscado refugio al embrutecimiento. Hemos proclamado la existencia del espíritu por los afanes del delirio, también nos hemos acobijado en la sombría boina de la desesperanza y la estupidez, ya hablamos del fin e insultamos a la humanidad, nos entregamos al diablo y a la tentación para acabar con el orden burgués, y después nos vimos de nuevo ante el panorama desolado de la ausencia de cualquier espíritu.
Adoramos la maquina, el color, el símbolo y el objeto, sin objetar la inutilidad, fuimos utilitaristas y luego conocimos la inutilidad del tao, para hacernos dandis y borrachos trasnochados. Sacrificamos las comodidades a cambio del heroísmo trágico del sacrificio. Pero nunca expiamos a nadie, más que a nuestra vanidad que sigue atascada en el zapato, que entronamos detrás de un hipócrita altruismo catedrático y panfletario. Buscamos en el sueño, aquel sueño perdido y solo procreamos alucinaciones que luego se irían tras el humo del hachís.
Creímos en el amor, la libertad, la igualdad y la infancia indesgastable, para luego ver caer el florero de nuestras ilusiones a doscientos años de distancia, y después abogar por el odio y la misantropía, de la cual luego renegamos y al final solo nos quedó la nada.
La nada y el largo Boulevard de Baudelaire lleno de vitrinas y una larga fila de mercancías, como el Boulevard, como las colas para pagar los servicios, para alimentarse de los desperdicios que como padres nos hemos relegado. Regalándonos por una identidad o rezagándonos por la esquizofrenia, siendo pésimos trabajadores, malos comerciantes y terribles retóricos.
El sueño ha sido el de siempre, sacar a la humanidad de su penuria, lamer las heridas que para nosotros han sido trofeos, sacar a la humanidad de su infierno y lavarla bajo la lluvia, unir en matrimonio la tierra y el cielo, alejarnos de este funesto encierro, buscar en la tormenta interior un atisbo de dulzura, salir de la locura, peregrinar, peregrinar, profetizar, hablar, escribir, pintar, decir, cantar, danzar, llorar, gritar, maldecir, bendecir, tomar, drogar, dormir, amar, escuchar, instigar, escupir, esculpir, patear, zapatear, rogar, rezar, lavar, barrer, limpiar…hacer, hacer, hacer como si fuésemos a nacer, porque nos sentimos pre-existentes, pre-cosas, precarias y malvividas, palabras huecas y desatinadas, alumbradas solo por los ojos y los rumores del alma. En una mañana que nos cuentan torcida, ese atisbo de dulzura, de alma, a veces se esfuma, se difumina entre las nubes, se nos va como la paloma.
Quizá solo nos queda ser curas, para lavar la cabeza de la tristeza, el miedo, la rabia y la locura.
Carpintero, 2011
No hay comentarios:
Publicar un comentario