Tersites

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sábado, abril 7

Un sueño que aun no despierta




Volví a ver las luces desde la ventana del taxi, conocía estas sirenas, abrí la puerta de mi departamento y encontré una toalla tirada en el piso; una angustia y duda, impotencia y desasosiego, todo volvía a su normalidad, el atrás era un sueño, si, mientras esperaba un vuelo sentado en la sala del aeropuerto, una luz furtiva me dijo que ya no había vuelta atrás, no podía durar para siempre la ilusión, el vórtice me estaba esperando, en un lugar que tendría que encontrar, todo depende del tiempo, que aun es falso para mí.
Eran las 8 o los ocho pasos que di hasta mi cama, en la habitación a mano izquierda de la entrada, en medio del baño y la antesala, todo sonaba como un amanecer. En la cara  que veía enfrente, tomaba pestañas desde el espejo, desde el reflejo, acariciaba en largos trazos los pómulos, extendiéndome en un pañuelo, frotando suavemente al borde de la ventana, porque estoy seguro de la realidad que acontece al otro lado del espejo.

Me debatí entre el ser y  estar, no star, aun mis cabelluelos no brillan tanto, formando personajes, combinando mis prendas rotas, andando por la casa como una loca , desesperada, formando pintas sobre mi almohada, escribo con ternura una Jota “J”. Joaquín.

Él me debe una llamada, lo supe desde antes de irme, saliendo del apartamento con el equipaje, me enteré, quizá solo por intuición. ¿Quién es él? Mi instructor de gimnasia que con tanta gracia quiere cobrarme la mensualidad, mierda. Estoy cansada de las rimas y de las cuotas, me he quedado sin dinero y sin perspicacia, pero no importa, tan sólo desconecto el teléfono y ya está, aun no he llegado, quizá siga soñando, y mejor me decido a soñar por toda la eternidad, porque yo ya no quiero trotes en eso que me han enseñado que es la realidad.

Quizá ni siquiera busquen mi casa, quizá no tenga que mudarme, o quizá deba mudarme al castillo de mis sueños, quizá encuentre la forma de volver, como añoro el sueño, pero es verdad, he despertado, aun así, no pagaré la renta ni la mensualidad, mucho menos la electricidad, la voy a producir yo misma, o si no, le robo un poco al vecino, a fin de cuentas solo necesitaré un bombillo en el baño para tener luz mientras cago y leo, cosa que haré por ocho horas, las otras cuatro que me mantenga en vigilia, serán para cocinar con velas y una fogata que voy a hacer en el patio de lavar ropas, no me importa que se llene la casa de humo. A lo mejor también me alcanza la electricidad para poner un ventilador de día que saque el humo por la ventana, aunque sea un poco pequeña, estoy segura que es suficiente para no asfixiarme. Siempre está abierta la posibilidad de tirarme por la ventana que da a la entrada del edificio, sólo en el caso que se atasque la cerradura y no pueda abrir la puerta; la ventana se sitúa en la sala al fondo, y es difícil que el humo salga por ahí, tendría que primero llenarse la casa, además creo que es un buen gesto de insolencia contra los dueños del edificio, - Generar sahumerios nunca es gratuito-  los demás no me importan, tan solo son más pobres diablos, junto con todo los demás, gentes odiosas que tanto me irritan, y a los cuales estoy decidida no volver a ver.

Un cuento de la factory


TODAS LAS FIESTAS DE MAÑANA
Guayabetal, Laura Acero Polanía
A blackened shroud, a hand-me-down gown
of rags and silks, a costume
fit for one who sits and cries
for all tomorrow's parties…
-Lou Reed

Allí va ella, caminando por la calle, meneando sus caderas, dándole prisa a sus pasos. Las manos, fuera de los bolsillos, se balancean como un par de péndulos que descifran la ecuación entre la vida y el destino, su piel porosa  se embriaga con el smog de la madrugada que aúlla, su presión sanguínea se marca de acuerdo con el reloj que presiona la muñeca, el pulso básico que inspira la pulsión, el ritmo antes, durante y después del acto.
La veo con su botella en el descenso de las calles, la alineación celeste de las farolas encendidas, el luto de haber nacido. La incertidumbre de estar muerto que gotea con las babas de la química inestable, los agentes externos que en la búsqueda de la alquimia del conocimiento, prenden velas como rayos sobre los ojos,  la lengua y el corazón. La mente del hombre caminante entre el alcohol y la música de teléfono.  El sonido, el eco del auricular, el paseo entre luces, negocios apagados y edificios muertos que se estacan contra el cielo inundado.
Un gigante con la boca abierta embiste, embiste el destino y la embiste a ella. Ella va entrando por el portón, sube las escaleras y va encontrando su ropa tirada por el suelo. Teje su maraña, su cuerda floja, y enciende la vela subida en el monociclo Trifásico de los fluidos y las secreciones cerebrales, y las de la entrepierna y las del alma.

Ahí viene cuidando sus pasos, cuidando y descuidando, apoyándose y relajándose sobre su tensión, un mismo ciclo que se sostiene y así mantiene reconstruido su corazón partido en miles de pedazos de porcelana blancuzca, con vetas azules; las azules que atraviesan sus ojos desorbitados encima de la bota de cuero, el brasier negro del pecado y la fantasía.

Severos golpes que se prueban en el lloriqueo, el estrangulamiento del cansancio y el cansancio del sueño y la preocupación, el estado Pre de las cosas, todos los Estados pre… de todas las cosas, de la posibilidad o el ensueño, el monolito que incomoda en la conciencia, la ciencia de enfermar el inconsciente colectivo con el constante estado de delirio sistémico, de todos los sistemas. Las implantaciones de poderes económicos, políticos, bio-políticos, bioenergéticos, académicos y científicos, artísticos y metafísicos han entorpecido si no estropeado y saboteado el camino de la humanidad. Así como la casualidad y el desatino en cuadratura perfecta precipitan el saboteo y la imposibilidad en su vida pequeñita y miserable.

Tirada en el suelo buscando la ropa, buscando la droga, buscando la vida o la mierda, pero buscando algo para ponerse. Finalmente va para una fiesta y espera gozar, reír y ser feliz. Impacientemente espera el momento de entrar por esa puerta de madera vieja, en casa vieja y casi para tumbar, la música suena con la pantalla encendida, ¿estereofónica o monofónica? Al menos psicotrópica. Si valía la pena ponerse, ¿por qué no escuchar, también? El sonido pausado que va entrando, el tambor ritual de la entrada triunfal, la princesa que escoge su vestido, pobre niña, que no tiene nada que ponerse, la saturación sofoca su sentido y sólo espera sonreír la mañana del domingo, si va a llorar detrás de la puerta el sábado.

Sin traje, sin maquillaje, sin personaje, la pobre niña podría ir a todas las fiestas de mañana, pero las culpas que se formó ayer también le pesaran cuando se acerque el lunes y se dé cuenta de que también lloró el domingo y que ojalá no lo haga el martes. Ella transforma su pequeña sonrisa de domingo, quizás en todo su traje de pobre niña y, como todo niño al primer día, se encuentra con el domingo y la mañana reluciente, con el guayabo de haber nacido y, como todo el mundo, puede luego coescribir un guión con el mundo, entre la belleza, la felicidad y todas las cosas que anden por ahí rondando, en la oscuridad de la noche y la espesura de la selva llana, que se dibuja sin dirección. El cabello que la edifica como princesa del reino, la gran decisión de ir a participar en la fiesta, la seguridad de la buena estrella que alumbra el camino a la libertad y la felicidad. La película cósmica que está más allá de todos los milímetros y los megapixeles cognoscibles e imaginables.
Y la magia cósmica de verla caminando por la calle y saber que hablé con ella, que luego presencié e hice historia, pensamiento y elucubración, alquimia del tiempo, las letras y el espacio.

miércoles, agosto 3

John, el Cruzao


John, el Cruzao
Para John Maxwell Coetzee


En un apartamento de una sola habitación junto a la estación del ferrocarril de Mowbray en Ciudad del Cabo, vivía hacia mediados del siglo XX un estudiante de matemáticas llamado John, hijo de un ingeniero, y uno de los hombres más inseguros y a la vez más atormentados de su época. Aparte de estudiar matemáticas, trabaja como tutor en la universidad donde estudia y además sueña con ser artista, quiere ser escritor y probar de las mieles de la inmortalidad que solo la poesía ofrece a aquellos que están dispuestos a emprender tan terrible y funesto viaje a bordo de sí mismos. Se encuentra angustiado más que de costumbre, pues sus sueños de ser escritor se están disolviendo entre una marea negra de protestas y consignas contra su herencia racial; asustado, mira desde el terraplén que da al De Waal Drive y, a pesar de que está de acuerdo con la protesta, teme por su vida, teme por su futuro, no quiere verse envuelto en ninguno de los dos bandos pero tampoco quiere que en caso de ganar los rebeldes, lo echen al mar como un náufrago, “Los blancos al mar” dicen ellos. Decide entonces tomar un avión con destino a Londres, una de las ciudades más hermosas y más llenas de poesía, hogar espiritual de T.S Eliot, Pound y de tantos otros escritores que lo hacen fascinarse por el universo de las letras. Está sentado en la sala de espera, esperando a que le den la señal de abordaje y así salir de esta caldera hirviente que está por estallar. Lleva bajo su brazo uno de los ejemplares de Los Cantos de Pound y una cajetilla de cigarros Gau loises, uno de los recuerdos que le quedan de su ex amante Jacqueline. 
John, sentado en una silla fría de un plástico azul, bebe agua a cortos tragos para calmar la resequedad que le da la angustia, mueve continuamente su pie derecho, como quien bombea una llanta con su bomba neumática a toda prisa. Está asustado a pesar de estar huyendo, está asustado por estar huyendo, nunca ha huido, es decir, nunca ha viajado en avión. Pareciese que estuviera de luto y no lleno de júbilo y alegría por al fin viajar a Inglaterra, parece que ya no le importa el arte, ni las sombrías calles londinenses que se levantan como laberintos de cloaca, ni los rostros finos y pálidos de las chicas que ha visto en revistas, parece que toda su imagen mental se compone de un gran pájaro metálico, con un ala herida, la cabeza ladeada y el fuego chisporroteante por todo el dorso, todo esto dramatiza la caída que podría ser más gentil, pero el miedo es perverso y onomástico, festeja sobre su cabeza de averno, el sonido retórico y rumiante, horrendo; convencido de la imagen, se interna en ella, se adentra en la catástrofe de los detalles y ve uno a uno el color de los zapatos de los pasajeros, reconoce el lunar al lado de la nariz de la aeromoza, la portada del periódico que estaba leyendo su vecino de asiento antes de la catástrofe, los objetos que empiezan a volar por el aire, las maletas abiertas que se tajan y dejan ver las vísceras del recuerdo, su memoria e identidad, como una piñata desparramada, en ese preciso instante, John se calma y borra su imagen mental, abre una de las páginas de Los Cantos y no alcanza a entender nada, así que se voltea y observa a todo el pelotón de pasajeros listos para el fusilamiento.

¿Y si tal vez ya hubiera visto todas estas figuras y su mente ataviada de espanto simplemente hubiera combinado todo eso en tan nefasta imagen? ¿Y si solo está siendo presa de los temores de quien viaja en avión por primera vez y está bastante traumatizado con las historias de accidentes aéreos? El señor de cara rojiza y bigote canoso lee despreocupadamente su periódico, la mujer gorda de zapatos rojos se ocupa de regañar a la niña caprichosa que exige un helado, el ejecutivo hispano hace anotaciones en su libreta y nadie parece estar tan pendiente de la posibilidad de que el avión caiga al mar, solo la cara de una chica rubia y fea con frenillos despliega ansiedad, es entonces cuando se siente cobarde y miserable, comparable con la chica rubia de frenillos que fue enviada a pasar un tiempo con su abuela agonizante. Pero John no tiene abuela agonizante alguna en Inglaterra, ni tampoco familiar a quien visitar, su razón de viajar está mediada en cierta medida por su vanidad, en otra por su cobardía, y todas estas cualidades, junto con su miedo a volar, constituyen su pesado y profundo sentimiento de ser un miserable. 

Así es que llaman a los pasajeros con destino a Londres (al Tártaro piensa John), para hacer el abordaje del vuelo Ciudad del Cabo – Londres de las 11:35 horas. John levanta su valija con desgano y hace la fila, para que los sirvientes de Caronte verifiquen que se trata de los condenados al castigo. Entrando al avión, el sobresalto de John no pudo ser más disimulado al notar que la aeromoza llevaba el lunar al lado de la nariz. A pesar de su cara de espanto, la mujer lo miró amigablemente, con una ternura casi maternal que despertó en el espantado, un sentimiento profundo de paranoia que invadió su cuerpo como un estruendo, que le entró desde el recto hasta la coronilla y fue a parar a sus manos temblorosas.
-Buen viaje, señor – dijo la mujer con una sonrisa (¿siniestra?) de oreja a oreja.


-Gracias- dijo él con voz temblorosa y mirada sospechosa, con aspecto de esquizofrénico.


¿Buen viaje? ¿A qué se refería con eso? ¿Era acaso una especie de sarcasmo? ¿Se burlaba de él y de su destino? ¿Qué tipo de gente son los de la tripulación? ¿Son acaso un grupo de sádicos o alguna logia dispuesta a exterminar a los futuros escritores? ¿Sabían acaso que escribía, que pretendía ser artista? Pero si su escritura no era en ningún caso algo subversivo, ¿por qué habrían de hacerle daño? ¿Quizá se trataba de un castigo por sus malos modales con las mujeres? ¿Tenía algo que ver con su patético comportamiento en el aborto de Sally, o quizá la ebria neo-zelandesa se quería vengar de su frialdad, o tal vez Jacqueline quería desquitarse con él por todos los malos tratos que los hombres habían tenido con ella? ¿Serían capaces todas ellas de planear esta venganza, todas ellas juntas, se habrían puesto de acuerdo?


De Sally no podía sospechar, ya que era una niña muy tierna y amable, incapaz de cometer semejante acto malévolo, además dudaba de su inteligencia; pero Jacqueline y Marie sí que eran capaces, no solo parecían mujeres de mundo, sino que además parecían tener problemas con la figura masculina y sobre todo estaban dolidas con él como hombre, quizá sería mejor que lo castraran y no que lo borraran de la faz de la tierra, así al menos podría escribir y el hecho de estar castrado quizá le diera cierto tinte poético a su carrera.


Una vez sentado en la silla, sintió unas ganas tremendas de gritar y salir corriendo, sus compañeros de viaje eran nada más que el viejo canoso del periódico y la niña rubia de frenillos, esto le dio escozor y se empezó a sentir enfermo. Antes de partir el vuelo, la aeromoza del lunar se le acercó con su sonrisa maquiavélica y con un carrito lleno de bebidas, entre ellas aguas minerales y distintos licores. Él, que no era para nada un adepto a la bebida, él, que no disfrutaba ni de la cerveza ni del vino, pidió un whiskey doble que terminó por ser triple y además se agenció el de su vecino, que lo notó fatigado, y muy cortesmente le ofreció su vaso de licor, John se lo embutió de un solo trago y sintió mucho mareo; al cabo de unos minutos, antes de despegar el avión, quedó profundamente dormido.


Había unas cortinas color almendra envueltas en cordones de oro y un piso reluciente de madera. Caminaba con algo de esfuerzo, le hacía falta su vigorosidad juvenil, daba pasos lentos pero tampoco débiles, eran pasos firmes y de tinte dudoso, algo no le convencía; se sentía huraño y le pesaba la cabeza, tenía lentes y estos reflejaban las luces del recinto, que al parecer era un auditorio. Al entrar en el auditorio se da cuenta de que hay un camino que lo guía hasta el pedestal, ahora el piso es de alfombra y al lado del atril hay una gran estatua en mármol. Veía muchas caras envejecidas y con lentes, sentados en varias filas y mirándolo fijamente, unos con cara de júbilo y otros con desprecio. En la pared del fondo se observaban varios adornos dorados, lámparas colgantes, cuatro arbustos en materas y, al lado del atril, una mesita con un florero y un par de flores amarillas. Estaba algo desconcertado y no sabía por qué estaba allí, pero de todas maneras una energía desconocida lo seguía conduciendo al pedestal y en uno de los lentes de un señor de barba blanca, se dio cuenta de que él también era viejo y canoso, tenía lentes y un gesto algo desaliñado en la cara. Finalmente entendió dónde estaba, porque al acercarse al atril, encontró un papel que titulaba –“Lectura del premio Nobel de literatura”- se colocó en el pedestal y empezaron a sonar muchos aplausos, como el ritmo que lleva un aguacero; en perfecta coordinación, fueron cediendo y al terminar, cuando sintió que era su momento, el culmen de todos sus esfuerzos y penurias, un gran revolcón lo sacudió y se golpeó contra el espaldar de su silla de avión, entraban en una terrible turbulencia.


Su imaginación era el artífice de todo el desastre, las maletas salían por el aire desparramadas, la gente chillaba agudos lamentos, como los lamentos de la luna cerca de la aurora, cerca de la locura. El ejecutivo hispano empujaba con fuerza la puerta de emergencia en un desesperado intento por salvarse, sin reflexionar que tal vez agravaría la catástrofe y serían todos arrastrados por el vacío.


John no hacía nada más que estar atónito y estupefacto, no podía reaccionar, y así lo hiciese, muy poco podría hacer por él y por sus compañeros. Entre tanto el hispano de pelo oscuro logró abrir la compuerta de emergencia y en el acto salió volando como una bolsa de plástico negra dentro de una tormenta, el piloto gritaba que el motor de una de las turbinas no funcionaba, y el copiloto le aseguraba que mas que no funcionar, estaba encendido en llamas, unas llamas que se iban comiendo toda el ala derecha. En ese instante fue que el hispano abrió la compuerta, y ésto causo tal descontrol dentro del avión, que una de las maletas de la parte de atrás, voló hasta golpear la cabeza de John, su última imagen fue la de la niña de frenos que le sonreía.


Una vez en tierra, el negro era todo el panorama, a veces la mente le sugería la voz de su madre que lo reprendía, también se le aparecía la imagen desganada de su padre con una botella en la mano, su hermano menor que lo llamaba, la imagen de Paul y Elinor caminando por la playa, la voz de Norbert recitándole algunos poemas de Pound. Luego veía una larga calle gris, y el cielo tan gris como la calle, como el cemento, sentado en una acera, empezaba a sonar el Opus 123 de Beethoven. Su hermano cogido de la mano de su madre y su padre atrás, a unos dos metros de distancia con un paso penumbroso. De entre las sombras la figura de Jacqueline que se le acercaba hasta besarlo. Después oía risotadas y veía los rostros de Marie y de Sally riéndose de él y en ese momento se despertó sobresaltado, se dio cuenta que la humedad de los labios de Jacqueline correspondían al agua que golpeaba en la playa y le cubría el rostro. Empezó a toser mucho y termino por vomitar varios litros de agua salada, luego se echó en la arena a meditar sobre lo ocurrido.


Al levantarse, John se echó a llorar por su destino y las lagrimas que caían sobre la arena, iban formando manchas oscuras que parecían por momentos una especie de obra de arte abstracto, pero el pensar en eso, no hizo otra cosa que despertar su ira, y después de observar un largo rato su creación, la borro con el pie izquierdo. Sintió una punzada en el estomago y temió lo peor, quizá estaba herido de gravedad y en su situación nadie podría socorrerlo; rápidamente empezó a tocarse todo el cuerpo buscando alguna herida, pero después de reparar un momento en su punzada, se dio cuenta de que era una punzada de hambre. Se acordó pues de su paquete de cigarrillos y recordó que los amigos de Elinor fumaban para no comer y así calmar el hambre, además sus ansias de comida eran por la resaca. Se lamento de haber bebido tanto whiskey, o peor aún, de no tener ahora algo de whiskey para acompañar su cigarro. Pensó un momento en que quizá su sobriedad hubiera podido servir de algo a la tripulación, pero él que no era más que un joven inmaduro ¿Qué hubiera podido hacer por sus compañeros? ¿De algo hubieran servido las ecuaciones del curso de matemáticas? ¿Servirían sus conocimientos de literatura en algo? ¿Acaso si hubiera leído Los Cantos en el momento del accidente, hubiera calmado los ánimos de los tripulantes, y así evitado que el hispano desesperado abriera la compuerta? Encontró el paquete de cigarrillos que estaba aun cerrado y éstos secos, además milagrosamente encontró un paquete de cerillas envuelto en una bolsa plástica, no se acordaba de haber hecho tal artificio, pero se alegro enormemente de su inconsciencia. Prendió un faso y con la primera bocanada tosió mucho, empezó a aspirar el humo y se lamentó de no tener su libro de Pound, para releer Los Cantos mientras moría de hambre o de soledad. Se sentó en la playa con el cigarro y mirando el horizonte se preguntó por su destino, finalmente, aunque había escapado de la revuelta popular, con su persona habían logrado su cometido, “Los blancos al mar”.


Luego subió sobre un pequeño montículo de tierra y vio que en el fondo del paisaje, brillaban los rayos del sol con tono metálico y pensó que quizá eran los restos del avión destrozado, la marea estaba baja y quieta, tal vez podría nadar hasta el avión y recoger algunas cosas que le fueran necesarias para su supervivencia, pero nunca fue buen nadador y temía mucho por su vida, no quería morir ahogado en altamar. Desechó pues sus intenciones y le atacó una aflicción aun mayor, sintió que era culpable de todo este desastre, que debió haber avisado al capitán de la falla en la turbina, pero seguramente le hubieran tomado por loco. Quiso rezarle a Dios o algún dios, pero no creía en ninguno, apenas conocía al señor barbado que se le hacía aburridísimo y poco creíble, por otro lado pensó en las deidades africanas de las cuales solo conocía algunas de la religión Yoruba, que un compañero de antropología le había presentado en la cafetería de la universidad, se acordó de Yemayá, diosa de las aguas y las profundidades marinas, aquella que es única y está compuesta de siete caminos o avatares, solo ella podría salvarlo de su ruina o propinársela de una vez, pero ésta se le asemejo mucho a Poseidón y como tenía mala relación con las deidades griegas, casi que olvidó el asunto y hasta se sintió patético por desear la ayuda de estas deidades descabelladas que nada tenían que ver con él, una de Grecia y la otra de Nigeria, ambas tierras muy lejanas, y si había algún dios al que rezarle, ese era Dios padre Yahvé, dueño del cielo, la tierra y de todas las cosas; su hijo Jesucristo y el espíritu santo. Toda esta disertación religiosa se le hizo obtusa e innecesaria, terminó entonces por confinarse a los poderes del destino y el amor, solo la poesía podría sacarlo de su penumbra. Se hizo de noche y resolvió dormir en un árbol, lo escaló con algo de dificultad y dormitó hasta que amaneció.


Por la mañana se dio cuenta de que a pesar de todo, estaba en un paraíso, ya que aquella playa era virgen y paradisiaca. Por un momento volvió a ver las imágenes de la entrega de su premio Nobel y al ver a su alrededor se le vino a la mente la figura de un intrépido marino que sufrió penurias como él, y que después de una vida llena de peripecias logró escribir un libro considerado un clásico de la literatura, este era el viejo Robinson Crusoe que, después de vivir más de una veintena de años en una isla desierta, logro sobrevivir y ser rescatado antes del final de sus días. Esto le dio muchos ánimos, pero entonces entró en acción la mente racional que lo arruina todo y empezó a interrogarlo ¿era realmente Robinson Crusoe un marino de tal envergadura como lo cuenta la historia? ¿Era esa historia un relato de un acontecimiento histórico o era ficción? ¿Entonces sería el pobre Robin un personaje? ¿Quién rayos era entonces Daniel Defoe? ¿Era un seudónimo de Robin para contar su historia? ¿Sería entonces éste el personaje y el otro la persona o al revés? ¿Esto aniquilaría sus esperanzas de de supervivencia? Pensó: “Pobre John, Pobre John”, y deseó tener un loro panchito para enseñarle a hablar.


Todos estos pensamientos terminaron por invadirle de un sentimiento de profunda conservación y empezó a alucinar con que, él podría ser el Robinson Crusoe moderno, se convenció de que estaba en una isla desierta con salvajes que practicaban el canibalismo. Ésto le infundió tal audacia, que empezó a explorar el terreno en busca de alimento, no tuvo miedo de las fieras a pesar de estar desarmado, él se sentía como la fiera, en cuanto apareciera tal bestia, se lanzaría sobre ella y la tomaría como trofeo para él, se construiría una cabaña y esperaría por su rescate el tiempo necesario, mientras tanto podría estar en la soledad que lo convertiría en un gran artista. Se adentró pues en la maleza y después de una hora de camino libre de peligros, se encontró con un cabrito que lo miraba con compasión, pensó que se había hecho la lotería y que tendría algo para cenar ese día, se dispuso a matar al animal, pero al mirarlo a los ojos se le aguaron los propios y se sintió muy mal, el animal tenía una mirada muy tierna que le pedía que no le hiciera daño. Pero tenía hambre ¿era acaso un acto de crueldad el quitarle la vida a un animal salvaje para sobrevivir? ¿Estaba mal el derramar la sangre de otra forma de vida, solo para conservar la suya? No, estaba realmente en apuros, necesitaba alimentarse. Pero matar se le hacía algo éticamente incorrecto, dar muerte a un animal indefenso para su necesidad, ¿pero los leones tendrían compasión por él, podría convencerlos de que no se lo comieran con su carita de cordero degollado? No, necesitaba subsistir y ese era el medio que mas estaba a la mano. Pero matarlo con sus propias manos se le hacía aberrante ¿se mancharía las manos con sangre de otro ser vivo? ¿Les importaría a los leones embadurnarse de su propia sangre cuando se lo devoraran? ¿Era él acaso un león? “Pobre John, pobre John” exclamó en voz alta, suspiró y pensó: ¿matar o ser matado? ¿Ser o no ser? ¿Avanzar o retroceder? ¿Moverse o quedarse quieto? “Pobre John, pobre John”. Decidió por fin matar al cabrito, y cuando se le acercó, éste noto sus intenciones y salió en estampida espantado, lo persiguió por entre la espesura del bosque pero tropezó con unas grandes raíces que sobresalían del suelo, se sintió desdichado, pero en ese momento vio frente a sus narices un par de botas de cuero.

Era un guardabosque con aspecto de Bóer, acompañado de un sirviente negro, le ayudaron a levantarse y notó que en su chaqueta estaba el símbolo del parque natural de la costa oeste de Sudáfrica, le preguntó al guardabosque que dónde se encontraban y le dijo que estaban en la reserva natural de Saldahna. John le contó de su desgracia con el avión y le dio infinitas gracias por dar con él, caminaron un rato mientras que el guardabosque le hablaba de las especies que habitaban el lugar, le dijo que estaban a cuatro horas por tierra de Ciudad del Cabo, pensaba que estaba en alguna parte de Angola o del Congo, pero le alivio mucho el saber que estaba en tierra conocida.
En mitad del camino se cruzaron con una gavilla de leones, una gran manada que se veía hambrienta. El sirviente negro empezó a sudar mucho y a temblar, terminó por correr en dirección opuesta, pero una facción más de leones apareció por la retaguardia y le obstaculizó el paso a modo de feroces mordiscos, se lo devoraron y el Bóer empezó a gemir asustado. Mientras que los leones se acercaban, el nerviosismo se hizo presa de los dos, la desgracia no podía ser más infinita, a punto de estar a salvo, se encontraba con este gigantísimo y abundante inconveniente, parecía que su destino estaba echado, su muerte era algo que debía cumplirse y todas las disertaciones sobre su intuición se fueron al piso, su sueño del Nobel se destrozo mientras que un par de leones lo miraban fijamente, no les quito la vista; estaban totalmente rodeados, la tensión crecía a cada segundo, su corazón bombeaba a ritmo estrepitoso, se acercaban cada vez más, y el par de leones no le quitaban la vista de encima, él tampoco, mantenía fija la mirada en sus ojos fieros, y de repente volteó su cabeza a la derecha y vio como la boca de un gran felino melenudo le tapaba la luz del sol y su vista se desplomaba por los suelos.

Entonces escucho: “Señores pasajeros, bienvenidos al Aeropuerto Heathrow de la ciudad de Londres, ya pueden desabrocharse sus cinturones de seguridad. Disfruten de su estadía”.

Tomate Tersites 2011

jueves, junio 30

Una Vida me Bastó

Para Lopa
Una Vida me Bastó

Estoy muerto. Eso ya lo sabía, creo que desde que nací, sí. Nací con la certeza de estar muerto y no pecar de angustia ni de agonía, tampoco buscando esperanzas en los libros ni en los pensamientos, fielmente apegado al sentimiento de vacío, vaciando la basura, la caneca y la cabeza, tan alejado de esas ideas crédulas de futurismos, muerto desde la vanguardia, eso, la quintaescencia de la vanguardia, la vanguardia misma, la vanguardia de la muerte.

Todo eso tan necesario e inocente, que desde mi ignorancia infantil me deslicé hasta la senilidad adolecida e indecente, saltando desde los brazos de mi madre y luego golpeándome contra el suelo, procurando no esconderme tras sus enaguas y así, no esperar sus abrazos ni sus besos de buenas noches. Con la mancha sanguinolenta sobre el asfalto me enteré de mi destino, mientras un cardenal rojizo y aletargado se escurría por mi rostro y, al llegar a mis labios se me abrió el panorama completo de la vida misma, entendí la inutilidad de la noche y su existencia, la necesidad pujante de la niebla tras el paso de mis pasos, la estela que voy dejando tras el rastro, mi rostro, rastrojo, guiñapo, filipichín, pedazo deshuesado de humanidad que en cualquier traje es tan intrascendente, tan injustificable que hasta me da rabia, y más rabia me da el relativismo y el facilismo con el que le dicen – Haga lo que quiera –, que aquí no necesitamos más gente que se pregunte estupideces, ni tampoco nobles caballeros que las practiquen, ni sabios de lo inmovible, el panorama es cada vez más negro si nos quedamos en la cabeza y no damos el salto hacia la irracionalidad, la verdadera razón de ser que se halla oculta, tras la máscara esquizoide que le han colocado los del parlamento del ojo reptil, los gusanos tras la verja que ya perdieron su llave, se les olvido que todos tenemos copias y ahora nos movemos cabalgantes.

Este sueño agitado y pueril, esta empresa inservible de ser humano, para ser algo más que eso, como si ese algo justificara la insensatez misma de la mera existencia, como cuando pongo un par de palabras de más, sin tener claro el hecho de que querer ser más claro, o coloco un par de tonos extras o, unas noticas al final del pentagrama para completar la sincopa del primer compas. Y hablo de esto, de arte, porque quise ser artista para justificarme el hecho de respirar, y ahora que no lo hago o lo hago a cabalidad, me doy cuenta de lo mediocre que es la mayoría del material que anda suelto. Yo con mi ojo avizor, mi ojo de águila, mi nariz ¿aguileña? Mi oído suprasensible que capta distancias y tonos, y escalas, palabras, mares, sonidos, mares de sonidos, sonidos de mares, de olas, de crestas, melenas, tigresas, leonas, águilas, costeñas, rubias, quiteñas y azuladas, no percibió el sonido del gatillo, y mi nariz no saboreó el olor de la pólvora, así como tampoco vi la mancha de sangre en el suelo estrellado.
La noche que del corazón se extiende tremebunda, ronda cielos y cabezas, rapadas, cortas y angostas, guerras de rapiña en el supermercado, asaltos de comida con comida, de huesos, tendones, carnes desgarradas y torcidas, desangrantes y venenosas, tan añejadas que da miedo olerlas. Pero con la luz adentro, cabalgante y algo malmirada, una sonrisa de sorpresa que nos espera en la mañana, y eso es casi mañana. Y del delirio saldremos agradecidos, de la fiebre alejados como maíz rozagante, rubios granos del sol que se siembran en boca grasienta y  húmeda, listos para florecer en huertos sin dueño, como cualquier mata, raíz, junco o maleza.
El aire puro que se exhala, se purifica en el interior, dando vueltas por una manzana empuñada, cebando vistas, piedras, maderos y flores. Puertas y adoquines de mármol enmudecido, mejor dicho silencioso, que permiten al limón pensar y salir de su amarga embriaguez, de una vez por todas, para que la oleada se abra paso por entre el valle y el pueblo, en un amanecer resplandeciente el tono gris desaparece, las caras lucen rozagantes brillos insospechados, luces divertidas y extasiadas, libres y sonrientes por entre el lago interior.

El rio que no es de horror se navega fácil, dócil y pausado, al ritmo de los canarios, fluye y es retroactivo, auto existente de la noche azul, la maravilla de un alma celeste, colocada en el suelo terco de la tierra-mundo. El torrente sanguíneo iluminado por la llama trina y no terca, del azul, el rojo y el blanco, tan lejos de los tonos verdes escamosos, peregrina puro entre tinieblas de humos extraños, añejos y lunáticos, babeantes, pero la llama continua alumbrando el desierto enrojecido, el camino atomizado de Vitrubio. 

Y así, en una tarde cualquiera que despunta al verano, decidí llevarme el caño a la sien y… Bang Bang Bang… Terminar con este chiste de vida, llamado ¿vida? Un nuevo sol resplandece aquí mismo, y se despliega por entre mis palmas y desciende por mis extremidades. El sexo infantil, relajado, recostado, aun se baña en abril, y no necesito marfil para caminar airoso por ente el palmar. Solo se baña en sal de sirena blanca, en agua azul y jabón de tierra.

Lo vi empuñando su arma, colgado de la libertad caminó pensativo, sin ningún solsticio bajo sus estrellas, mojándose los labios con una dulce brizna veraniega, una lluvia fértil entre el camino incierto del No- Sin retorno, acostado en el retoño del cemento, del prado, el cielo impetuoso que nos libera de este funesto encierro. El humus (sardónico) del destierro ya no hace mella, ni ramplonamente en la dicotomía, ni en el silencio de una canción mal puesta, tampoco dentro del alma.
La calle húmeda seca, desplomada entre rocas, adoquines del mismo sendero vidrioso, arcoíris arenoso sobre las dunas del desierto, calentadas por el fuego interno de la misma llama trina, no portón trinitario, porque siempre fue un arco, siempre fue un cielo. Entre rocas no morí, pues me bastó con una vida.



Carpintero junio de 2011

lunes, junio 6

Bogota Terror 2000


Bogotá Terror 2000
(Neoliberalismo y miedo al corporacionismo ascendente)

Me llamo Steven y vivo en la ciudad del uno y mil terrores…Bogotá, metrópoli de desenfreno, desesperada y apurada, malparida y trajinada; el ensueño de los grandes poetas muertos y malditos, el asfalto rojizo y desangrado, el cuchillo de la mañana, el trabuco de la tarde y la droga nocturna; luces, disparos, farra, muerte y otras cosas más, endulzan el candor de la ciudad, la sabana y las montañas, los infiernos altruistas y el desencanto de los artistas que venden su alma a dios y a todos los dioses, escombros y ñeraje, ficciones reales y pasiones químicamente inestables, volátiles como el viento, volátiles como las mujeres, gritos y espantos, esperpentos estatales, psicodélia espiritual y el engaño de los Zeus del mundo, ínfulas de grandeza, tiranos y “tiranoides”, podercitos y pastelitos, luces navideñas, día de brujas, monedas y colillas en el piso, brujería y Satanás jugando póquer en el centro.

El viejito alcoholizado en los mares etílicos de su vejez, botellita en el bolsito, toma a tragos largos y amargos, toma en el bus al lado de mujeres y niños en brazos, enfrente de otros viejos y respetadas ancianas, anuncios, periódicos, más colillas, alcantarillas. Bolsita de periódico, otro trago mas mientras hacia el ocaso suena Pink Floyd, a través de las calles y los sitios me escondo en el tímido tronar de un piano de cola, que perdido esta entre sus notas; hace frió pero camino para calentar mi cuerpo, camino sin rumbo hacia la nada, nadando en las aceras, con sabor a vodka en mis labios, es de noche y ventea a cántaros, el viento mueve mi pelo y me pierdo en la sonrisa de aquella chica que acaba de pasar a mi lado, veo grandes edificios y me siento en Londres, me asustan los edificios, me asustan los faros y los suspiros, me asustan los llantos y me siento solo; solo y abandonado. Sorpresa, encontré una moneda en el piso, es de quinientos pesos, eso son dos cigarrillos y medio, la luna parece un sol y camino en ambiente cincuentero, el dinero, el efectivo, el cambio, las vueltas, la mierda, los cheques, las cajas fuertes, los bancos y más mierda, tarjetas de crédito, de ahorros y debito, depósitos, registradoras ¿y yo?, me conformo con mi moneda de quinientos, son dos cigarrillos y medio, que mas necesito para aguantar la noche casi día, la ciudad se empieza a transformar con la caída del sol, es la hora del desorden en el cual los curas son jíbaros, las monjas son putas y las niñas de casa son zorras, los ejecutivos son travestís, los buseteros son cacorros, los estudiantes se putean por un pedazo de chorizo con arepa, y chorizo y arepa es lo que sobra a esta hora de la noche.

Edificios a los lados, los faros espiantes se fugaban en la noche, el cielo cae al tiempo que vuela, universidades futuristas, cayendo iba en la desnudez de la furia, sin poder despertar del trance erótico de la noche, donde los mismos edificios que me asustaban, me excitaban y daban ganas de llorar. Ya no me motivaba la muerte, me motivaba algo que no se que es, algo que me carcomía la embriaguez, cierto sentimiento romántico al ver al viejito ebrio, al chirri fumándose un bazuco, al ver las calles húmedas, los soles en cada esquina, satisfacción de estar ebrio, poemas de carretera, películas del viejo oeste…en fin, era la séptima que traía a mi cerebro miles de estallidos extraños, algunas lagrimas encefálicas, mi cerebro lloraba, mi cabeza, mi pensamiento, mis manos sudorosas, mi pelo rubio, ¿mi boca? Seguía sabiendo a vodka y sabia que seria el único sabor de la noche, el del alcohol mezclado con más alcohol y otras cosas – será el Alan - me dije a mi mismo; baje unas escaleras y entre en un túnel parisino, lleno de grafittis alusivos a la última marcha estudiantil ¡No al PND! ¡ELN 40 años de lucha!, cosas por el estilo decían los escritos urbanos, escritos por encapuchados fugados en la noche, como las lágrimas, como las mujeres y los faros.

Yo era un tonto más entre más tontos que vivían entre estupidos, ignorantes que se juraban de buena fe, el olor a incienso que dejaba el mismo tipo de todos los días con su sonrisa de idiota buena gente. Salí del túnel para entrar a otro infierno, al de la rumba, las drogas y la música electrónica de moda, los restaurantes donde nunca podría comerme un buen almuerzo estaban cerrados, solo habían bares y discotecas de mala muerte, era “Cuatro Parques” ¿Cuatro Parques? Si, Cuatro Parques porque eran cuatro parques donde la gente se drogaba hasta morirse y partirse el culo en cuatro partes, donde se vivía la maldad y la bondad era rechazada, la maldita bondad hipócrita que tanto me da asco, infiernos altruistas, magos desencantados del tiempo y de las semanas, héroes de la noche atormentados por la policía, vírgenes que solo eran vírgenes, si no se cuenta el anal (jajaja) las vírgenes y los descarriados del mundo que se inyectaban a plena luz de la noche…y al fondo Magdalena llorando desconsolada, descontrolada también, el anís no deja a nadie libre de culpas ni de embriaguez, con el anís no hay indulgencias, todos son excomulgados por la santa Madre Iglesia y por el poderoso Padre Estado; se camina por aceras, por conductos elevados llamados puentes, los carros transitan por largas líneas grises llamadas avenidas, puto civismo del siglo veintiuno. Yo prefiero ir en contravía, sin conductos ni esquemas, pero mientras yo reflexionaba académicamente sobre la modernidad y los odios viscerales hacia esta, Magdalena seguía llorando desconsolada, controlada por la tristeza y la banalidad de sus lagrimas que aparentemente tenían sentido, y yo soy otro de esos que detestan los sentidos.

Le pregunté - ¿Por qué lloras? – me dijo que por Jesús, que no la quería, que se había chupeteado con otra vieja, y que además se la restregaba en la cara. Le dije – tu sabes que estas bien - , no me hizo caso, se reía y lloraba al tiempo, yo me preguntaba ¿mal, que es estar mal, que es estar bien, diferencias?, para mi no las habían, yo solo quería ser lo que era y besar a una mujer de 21 años ¿porqué? No se, simplemente la quería besar escuchando los Ramones o Nirvana, Pearl Jam o Lou Reed y los Velvet Underground; cualquier grupo de música extraña que alentara un poco mi existencia. Los gatos chillaban, no sabia porque, finalmente no sabía nada, y tampoco me interesaba saberlo, no me interesaba conocer el todo y sus relaciones lógicas para ser dios o Dios, ¿Dios? Ya lo era, quería ir a mi casa, quería fumar marlboro, quería fumar mas marihuana, quería éxtasis, emoción, soledad, euforia, pensamiento, extensión, vida al fin y al cabo… ¿Magdalena? Seguía llorando, Jesús no quería llorar y tampoco se quería crucificar, Jesús quería dar una vuelta en un ford y tomarse unos chorros y unas anfentas, quería predicar su palabra en Cuatro Parques durante cuatro días, quería besar las gaviotas, las aves, todas las aves, quería hacer teatro, ahora no quiere nada, quiere morirse, no, no quiere morirse, yo lo veía y lo imaginaba bailando en una avenida céntrica, del centro, con aplausos a su alrededor, con alcohol a su alrededor, una borrachera psicodélica que le consumiera el alma.

Y la sangre con asfalto recorría sus brazos, manchados por tierra y polvo de ladrillo, yo creía estar sobrio, creía  ver todas las cosas en silencio, en libertad, como palabras que se desencadenan unas en otras, mas interesantes, podrían ser pretensiosas, auto-cuestionamientos y una colilla, siempre lo trascendental se va por el sifón, por mentiras disfrazadas de verdades, en narraciones peripatéticas de los grandes sofistas de la historia, la retórica y la persuasión, puede ser verdad o mentira; me asustaba el neoliberalismo, de pronto por que era una palabra muy extensa y compleja, me sonaba a tragedia griega en medio de una pesadilla cyber punk, cigarrillos virtuales, realidades virtuales, dinero, clases sociales, todo es un conjunto de frases extrañas y complicadas, mercado, muerte, mercados de la muerte, la muerte de los mercados, sangre y mercado, finalmente la economía de la mortandad, olor a mortecina y sonidos aleatorios, noise pop y chalecos gruncheros.

Grandes edificios a lo lejos, tan a los lejos que me enamoré de ti, antes de que el segundo se acabe necesito otro pase de perico, un calillito ó algo que me calme la incertidumbre. Cinismo descontrolado en tsunamis de pensamiento desbordado, ¿Por qué no les gusta el Budismo Zen? Tanto empirismo cansa el alma, tanto racionalismo cansa las neuronas que quedan, tanto a saber que no quiero saber nada; convertirme en lagarto, en un vil reptil gusano, así seria mas divertido ver a Magdalena rastrillarse las venas contra el asfalto, en un ataque de tristeza e impotencia, descontrol y euforia melancólica, de pronto por eso se suicido Kurt cobain. El fin del mundo y el fin del Rock, Bienvenidos sean los tiempos del “Soma” o del “Moloko”, el gran hermano, el ojo que todo lo ve, las pancartas revolucionarias en contra del capital, infiernos altruistas una vez mas, los domingos son días de trabajo – hay que terminar el molino – y napoleón cagado de la risa, los trotskistas renegados de todo, los revolucionarios de la ilustración y esta maldita historia que me pesa, Renato Descartes follándose las condesas y hablando del alma como un soplito abstracto en medio de la glándula pineal.

Que bien me fluyen las ideas, y todo lo que acabo de pensar, lo pensé mientras me tomaba un trago de aguardiente, los ojos se me desorbitaron y entendí el mundo, quise exacolarme con tu belleza o con tu respiración, y quedar incinerado, calcinado por tu presencia, por medias aritméticas y armónicas, por los pitagóricos y los fascistas griegos; por las peleas políticas del mundo y las tensiones diplomáticas de los países. Imbeciologia, estupidiologia, son carreras que me interesan, o la ingenuisofia, imagínense yo graduado en estudios de estupidiologia, reclamando mi cartón donde me certifican como un estupidiologo calificado, en carrera técnica o tecnológica.

El Cyber punk de la tarde, de la noche, de los bares, avenidas, edificios, faros, suspiros, espirales ontológicas, psicodelias epistemológicamente incorrectas; el deseo por terminar esta pagina pronto… la paciencia que es una vieja ciencia, no hay afán, Magdalena no se va a matar, sus lagrimas son comprensibles, pero no tiene porque desplegarlas en mitad de la rumba, hasta en la rumba hay que ser racional, consecuente con el momento, para eso son los domingos que no son de trabajo, cada lagrima ahoga a cada uno de los que ven cada lagrima caer, haber me hago entender (posiblemente me cague lo poético del asunto, así es este pragmatismo de mi corazón) si la nena llora, cada lagrima que x o y persona vea, lo va a ahogar en la misma tristeza de película española romántica; ya se sabe que la fiesta es una farsa y que los borrachos solo dicen mentiras, que las personas mas sensatas son los niños y los idiotas, pero eso no justifica que la farra se torne pesada y dramática, puede ser melancólica, pero no dramática, puede ser nostálgica, pero no dramática. Magdalena y Jesús, una historia de odios, amores, traiciones, drogas, escándalos, tendencias suicidas, desespero y desesperanza, bonanza y labios carmesí, muerte, tragedia, hacinamientos psiquiátricos, en fin, una tragedia grecorromana envuelta en trocitos azules de amor, problemas psiquiátricos y sexo, el sexo que no puede faltar.

Gaviotas, una novela melodramática y Cyber punk en tiempos de desesperanza juvenil y nihilismo negativo; terrorismo de estado y terrorismo al estado, terrorismo, terror, bogota; Bogota Terror 2000, haber quien nos salva de esta, que por amor de dios no sea el Chasputin colorado, porque a ese si le voy dando es tres puñaladas por pene; yo me llamo Steven y aun sigo viviendo en la ciudad del uno y mil terrores, todavía camino por la séptima y veo las mismas cosas todos los días, Magdalena se volvió hippie y Jesús se crucifico solito, cuatro parques sigue siendo la misma olla…ahora me dedico a jugar póquer en el centro con Satanás, porque dios hasta donde tengo entendido, ya me tiene olvidado .
Bogotá, Abril 2008