Tersites

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miércoles, agosto 3

John, el Cruzao


John, el Cruzao
Para John Maxwell Coetzee


En un apartamento de una sola habitación junto a la estación del ferrocarril de Mowbray en Ciudad del Cabo, vivía hacia mediados del siglo XX un estudiante de matemáticas llamado John, hijo de un ingeniero, y uno de los hombres más inseguros y a la vez más atormentados de su época. Aparte de estudiar matemáticas, trabaja como tutor en la universidad donde estudia y además sueña con ser artista, quiere ser escritor y probar de las mieles de la inmortalidad que solo la poesía ofrece a aquellos que están dispuestos a emprender tan terrible y funesto viaje a bordo de sí mismos. Se encuentra angustiado más que de costumbre, pues sus sueños de ser escritor se están disolviendo entre una marea negra de protestas y consignas contra su herencia racial; asustado, mira desde el terraplén que da al De Waal Drive y, a pesar de que está de acuerdo con la protesta, teme por su vida, teme por su futuro, no quiere verse envuelto en ninguno de los dos bandos pero tampoco quiere que en caso de ganar los rebeldes, lo echen al mar como un náufrago, “Los blancos al mar” dicen ellos. Decide entonces tomar un avión con destino a Londres, una de las ciudades más hermosas y más llenas de poesía, hogar espiritual de T.S Eliot, Pound y de tantos otros escritores que lo hacen fascinarse por el universo de las letras. Está sentado en la sala de espera, esperando a que le den la señal de abordaje y así salir de esta caldera hirviente que está por estallar. Lleva bajo su brazo uno de los ejemplares de Los Cantos de Pound y una cajetilla de cigarros Gau loises, uno de los recuerdos que le quedan de su ex amante Jacqueline. 
John, sentado en una silla fría de un plástico azul, bebe agua a cortos tragos para calmar la resequedad que le da la angustia, mueve continuamente su pie derecho, como quien bombea una llanta con su bomba neumática a toda prisa. Está asustado a pesar de estar huyendo, está asustado por estar huyendo, nunca ha huido, es decir, nunca ha viajado en avión. Pareciese que estuviera de luto y no lleno de júbilo y alegría por al fin viajar a Inglaterra, parece que ya no le importa el arte, ni las sombrías calles londinenses que se levantan como laberintos de cloaca, ni los rostros finos y pálidos de las chicas que ha visto en revistas, parece que toda su imagen mental se compone de un gran pájaro metálico, con un ala herida, la cabeza ladeada y el fuego chisporroteante por todo el dorso, todo esto dramatiza la caída que podría ser más gentil, pero el miedo es perverso y onomástico, festeja sobre su cabeza de averno, el sonido retórico y rumiante, horrendo; convencido de la imagen, se interna en ella, se adentra en la catástrofe de los detalles y ve uno a uno el color de los zapatos de los pasajeros, reconoce el lunar al lado de la nariz de la aeromoza, la portada del periódico que estaba leyendo su vecino de asiento antes de la catástrofe, los objetos que empiezan a volar por el aire, las maletas abiertas que se tajan y dejan ver las vísceras del recuerdo, su memoria e identidad, como una piñata desparramada, en ese preciso instante, John se calma y borra su imagen mental, abre una de las páginas de Los Cantos y no alcanza a entender nada, así que se voltea y observa a todo el pelotón de pasajeros listos para el fusilamiento.

¿Y si tal vez ya hubiera visto todas estas figuras y su mente ataviada de espanto simplemente hubiera combinado todo eso en tan nefasta imagen? ¿Y si solo está siendo presa de los temores de quien viaja en avión por primera vez y está bastante traumatizado con las historias de accidentes aéreos? El señor de cara rojiza y bigote canoso lee despreocupadamente su periódico, la mujer gorda de zapatos rojos se ocupa de regañar a la niña caprichosa que exige un helado, el ejecutivo hispano hace anotaciones en su libreta y nadie parece estar tan pendiente de la posibilidad de que el avión caiga al mar, solo la cara de una chica rubia y fea con frenillos despliega ansiedad, es entonces cuando se siente cobarde y miserable, comparable con la chica rubia de frenillos que fue enviada a pasar un tiempo con su abuela agonizante. Pero John no tiene abuela agonizante alguna en Inglaterra, ni tampoco familiar a quien visitar, su razón de viajar está mediada en cierta medida por su vanidad, en otra por su cobardía, y todas estas cualidades, junto con su miedo a volar, constituyen su pesado y profundo sentimiento de ser un miserable. 

Así es que llaman a los pasajeros con destino a Londres (al Tártaro piensa John), para hacer el abordaje del vuelo Ciudad del Cabo – Londres de las 11:35 horas. John levanta su valija con desgano y hace la fila, para que los sirvientes de Caronte verifiquen que se trata de los condenados al castigo. Entrando al avión, el sobresalto de John no pudo ser más disimulado al notar que la aeromoza llevaba el lunar al lado de la nariz. A pesar de su cara de espanto, la mujer lo miró amigablemente, con una ternura casi maternal que despertó en el espantado, un sentimiento profundo de paranoia que invadió su cuerpo como un estruendo, que le entró desde el recto hasta la coronilla y fue a parar a sus manos temblorosas.
-Buen viaje, señor – dijo la mujer con una sonrisa (¿siniestra?) de oreja a oreja.


-Gracias- dijo él con voz temblorosa y mirada sospechosa, con aspecto de esquizofrénico.


¿Buen viaje? ¿A qué se refería con eso? ¿Era acaso una especie de sarcasmo? ¿Se burlaba de él y de su destino? ¿Qué tipo de gente son los de la tripulación? ¿Son acaso un grupo de sádicos o alguna logia dispuesta a exterminar a los futuros escritores? ¿Sabían acaso que escribía, que pretendía ser artista? Pero si su escritura no era en ningún caso algo subversivo, ¿por qué habrían de hacerle daño? ¿Quizá se trataba de un castigo por sus malos modales con las mujeres? ¿Tenía algo que ver con su patético comportamiento en el aborto de Sally, o quizá la ebria neo-zelandesa se quería vengar de su frialdad, o tal vez Jacqueline quería desquitarse con él por todos los malos tratos que los hombres habían tenido con ella? ¿Serían capaces todas ellas de planear esta venganza, todas ellas juntas, se habrían puesto de acuerdo?


De Sally no podía sospechar, ya que era una niña muy tierna y amable, incapaz de cometer semejante acto malévolo, además dudaba de su inteligencia; pero Jacqueline y Marie sí que eran capaces, no solo parecían mujeres de mundo, sino que además parecían tener problemas con la figura masculina y sobre todo estaban dolidas con él como hombre, quizá sería mejor que lo castraran y no que lo borraran de la faz de la tierra, así al menos podría escribir y el hecho de estar castrado quizá le diera cierto tinte poético a su carrera.


Una vez sentado en la silla, sintió unas ganas tremendas de gritar y salir corriendo, sus compañeros de viaje eran nada más que el viejo canoso del periódico y la niña rubia de frenillos, esto le dio escozor y se empezó a sentir enfermo. Antes de partir el vuelo, la aeromoza del lunar se le acercó con su sonrisa maquiavélica y con un carrito lleno de bebidas, entre ellas aguas minerales y distintos licores. Él, que no era para nada un adepto a la bebida, él, que no disfrutaba ni de la cerveza ni del vino, pidió un whiskey doble que terminó por ser triple y además se agenció el de su vecino, que lo notó fatigado, y muy cortesmente le ofreció su vaso de licor, John se lo embutió de un solo trago y sintió mucho mareo; al cabo de unos minutos, antes de despegar el avión, quedó profundamente dormido.


Había unas cortinas color almendra envueltas en cordones de oro y un piso reluciente de madera. Caminaba con algo de esfuerzo, le hacía falta su vigorosidad juvenil, daba pasos lentos pero tampoco débiles, eran pasos firmes y de tinte dudoso, algo no le convencía; se sentía huraño y le pesaba la cabeza, tenía lentes y estos reflejaban las luces del recinto, que al parecer era un auditorio. Al entrar en el auditorio se da cuenta de que hay un camino que lo guía hasta el pedestal, ahora el piso es de alfombra y al lado del atril hay una gran estatua en mármol. Veía muchas caras envejecidas y con lentes, sentados en varias filas y mirándolo fijamente, unos con cara de júbilo y otros con desprecio. En la pared del fondo se observaban varios adornos dorados, lámparas colgantes, cuatro arbustos en materas y, al lado del atril, una mesita con un florero y un par de flores amarillas. Estaba algo desconcertado y no sabía por qué estaba allí, pero de todas maneras una energía desconocida lo seguía conduciendo al pedestal y en uno de los lentes de un señor de barba blanca, se dio cuenta de que él también era viejo y canoso, tenía lentes y un gesto algo desaliñado en la cara. Finalmente entendió dónde estaba, porque al acercarse al atril, encontró un papel que titulaba –“Lectura del premio Nobel de literatura”- se colocó en el pedestal y empezaron a sonar muchos aplausos, como el ritmo que lleva un aguacero; en perfecta coordinación, fueron cediendo y al terminar, cuando sintió que era su momento, el culmen de todos sus esfuerzos y penurias, un gran revolcón lo sacudió y se golpeó contra el espaldar de su silla de avión, entraban en una terrible turbulencia.


Su imaginación era el artífice de todo el desastre, las maletas salían por el aire desparramadas, la gente chillaba agudos lamentos, como los lamentos de la luna cerca de la aurora, cerca de la locura. El ejecutivo hispano empujaba con fuerza la puerta de emergencia en un desesperado intento por salvarse, sin reflexionar que tal vez agravaría la catástrofe y serían todos arrastrados por el vacío.


John no hacía nada más que estar atónito y estupefacto, no podía reaccionar, y así lo hiciese, muy poco podría hacer por él y por sus compañeros. Entre tanto el hispano de pelo oscuro logró abrir la compuerta de emergencia y en el acto salió volando como una bolsa de plástico negra dentro de una tormenta, el piloto gritaba que el motor de una de las turbinas no funcionaba, y el copiloto le aseguraba que mas que no funcionar, estaba encendido en llamas, unas llamas que se iban comiendo toda el ala derecha. En ese instante fue que el hispano abrió la compuerta, y ésto causo tal descontrol dentro del avión, que una de las maletas de la parte de atrás, voló hasta golpear la cabeza de John, su última imagen fue la de la niña de frenos que le sonreía.


Una vez en tierra, el negro era todo el panorama, a veces la mente le sugería la voz de su madre que lo reprendía, también se le aparecía la imagen desganada de su padre con una botella en la mano, su hermano menor que lo llamaba, la imagen de Paul y Elinor caminando por la playa, la voz de Norbert recitándole algunos poemas de Pound. Luego veía una larga calle gris, y el cielo tan gris como la calle, como el cemento, sentado en una acera, empezaba a sonar el Opus 123 de Beethoven. Su hermano cogido de la mano de su madre y su padre atrás, a unos dos metros de distancia con un paso penumbroso. De entre las sombras la figura de Jacqueline que se le acercaba hasta besarlo. Después oía risotadas y veía los rostros de Marie y de Sally riéndose de él y en ese momento se despertó sobresaltado, se dio cuenta que la humedad de los labios de Jacqueline correspondían al agua que golpeaba en la playa y le cubría el rostro. Empezó a toser mucho y termino por vomitar varios litros de agua salada, luego se echó en la arena a meditar sobre lo ocurrido.


Al levantarse, John se echó a llorar por su destino y las lagrimas que caían sobre la arena, iban formando manchas oscuras que parecían por momentos una especie de obra de arte abstracto, pero el pensar en eso, no hizo otra cosa que despertar su ira, y después de observar un largo rato su creación, la borro con el pie izquierdo. Sintió una punzada en el estomago y temió lo peor, quizá estaba herido de gravedad y en su situación nadie podría socorrerlo; rápidamente empezó a tocarse todo el cuerpo buscando alguna herida, pero después de reparar un momento en su punzada, se dio cuenta de que era una punzada de hambre. Se acordó pues de su paquete de cigarrillos y recordó que los amigos de Elinor fumaban para no comer y así calmar el hambre, además sus ansias de comida eran por la resaca. Se lamento de haber bebido tanto whiskey, o peor aún, de no tener ahora algo de whiskey para acompañar su cigarro. Pensó un momento en que quizá su sobriedad hubiera podido servir de algo a la tripulación, pero él que no era más que un joven inmaduro ¿Qué hubiera podido hacer por sus compañeros? ¿De algo hubieran servido las ecuaciones del curso de matemáticas? ¿Servirían sus conocimientos de literatura en algo? ¿Acaso si hubiera leído Los Cantos en el momento del accidente, hubiera calmado los ánimos de los tripulantes, y así evitado que el hispano desesperado abriera la compuerta? Encontró el paquete de cigarrillos que estaba aun cerrado y éstos secos, además milagrosamente encontró un paquete de cerillas envuelto en una bolsa plástica, no se acordaba de haber hecho tal artificio, pero se alegro enormemente de su inconsciencia. Prendió un faso y con la primera bocanada tosió mucho, empezó a aspirar el humo y se lamentó de no tener su libro de Pound, para releer Los Cantos mientras moría de hambre o de soledad. Se sentó en la playa con el cigarro y mirando el horizonte se preguntó por su destino, finalmente, aunque había escapado de la revuelta popular, con su persona habían logrado su cometido, “Los blancos al mar”.


Luego subió sobre un pequeño montículo de tierra y vio que en el fondo del paisaje, brillaban los rayos del sol con tono metálico y pensó que quizá eran los restos del avión destrozado, la marea estaba baja y quieta, tal vez podría nadar hasta el avión y recoger algunas cosas que le fueran necesarias para su supervivencia, pero nunca fue buen nadador y temía mucho por su vida, no quería morir ahogado en altamar. Desechó pues sus intenciones y le atacó una aflicción aun mayor, sintió que era culpable de todo este desastre, que debió haber avisado al capitán de la falla en la turbina, pero seguramente le hubieran tomado por loco. Quiso rezarle a Dios o algún dios, pero no creía en ninguno, apenas conocía al señor barbado que se le hacía aburridísimo y poco creíble, por otro lado pensó en las deidades africanas de las cuales solo conocía algunas de la religión Yoruba, que un compañero de antropología le había presentado en la cafetería de la universidad, se acordó de Yemayá, diosa de las aguas y las profundidades marinas, aquella que es única y está compuesta de siete caminos o avatares, solo ella podría salvarlo de su ruina o propinársela de una vez, pero ésta se le asemejo mucho a Poseidón y como tenía mala relación con las deidades griegas, casi que olvidó el asunto y hasta se sintió patético por desear la ayuda de estas deidades descabelladas que nada tenían que ver con él, una de Grecia y la otra de Nigeria, ambas tierras muy lejanas, y si había algún dios al que rezarle, ese era Dios padre Yahvé, dueño del cielo, la tierra y de todas las cosas; su hijo Jesucristo y el espíritu santo. Toda esta disertación religiosa se le hizo obtusa e innecesaria, terminó entonces por confinarse a los poderes del destino y el amor, solo la poesía podría sacarlo de su penumbra. Se hizo de noche y resolvió dormir en un árbol, lo escaló con algo de dificultad y dormitó hasta que amaneció.


Por la mañana se dio cuenta de que a pesar de todo, estaba en un paraíso, ya que aquella playa era virgen y paradisiaca. Por un momento volvió a ver las imágenes de la entrega de su premio Nobel y al ver a su alrededor se le vino a la mente la figura de un intrépido marino que sufrió penurias como él, y que después de una vida llena de peripecias logró escribir un libro considerado un clásico de la literatura, este era el viejo Robinson Crusoe que, después de vivir más de una veintena de años en una isla desierta, logro sobrevivir y ser rescatado antes del final de sus días. Esto le dio muchos ánimos, pero entonces entró en acción la mente racional que lo arruina todo y empezó a interrogarlo ¿era realmente Robinson Crusoe un marino de tal envergadura como lo cuenta la historia? ¿Era esa historia un relato de un acontecimiento histórico o era ficción? ¿Entonces sería el pobre Robin un personaje? ¿Quién rayos era entonces Daniel Defoe? ¿Era un seudónimo de Robin para contar su historia? ¿Sería entonces éste el personaje y el otro la persona o al revés? ¿Esto aniquilaría sus esperanzas de de supervivencia? Pensó: “Pobre John, Pobre John”, y deseó tener un loro panchito para enseñarle a hablar.


Todos estos pensamientos terminaron por invadirle de un sentimiento de profunda conservación y empezó a alucinar con que, él podría ser el Robinson Crusoe moderno, se convenció de que estaba en una isla desierta con salvajes que practicaban el canibalismo. Ésto le infundió tal audacia, que empezó a explorar el terreno en busca de alimento, no tuvo miedo de las fieras a pesar de estar desarmado, él se sentía como la fiera, en cuanto apareciera tal bestia, se lanzaría sobre ella y la tomaría como trofeo para él, se construiría una cabaña y esperaría por su rescate el tiempo necesario, mientras tanto podría estar en la soledad que lo convertiría en un gran artista. Se adentró pues en la maleza y después de una hora de camino libre de peligros, se encontró con un cabrito que lo miraba con compasión, pensó que se había hecho la lotería y que tendría algo para cenar ese día, se dispuso a matar al animal, pero al mirarlo a los ojos se le aguaron los propios y se sintió muy mal, el animal tenía una mirada muy tierna que le pedía que no le hiciera daño. Pero tenía hambre ¿era acaso un acto de crueldad el quitarle la vida a un animal salvaje para sobrevivir? ¿Estaba mal el derramar la sangre de otra forma de vida, solo para conservar la suya? No, estaba realmente en apuros, necesitaba alimentarse. Pero matar se le hacía algo éticamente incorrecto, dar muerte a un animal indefenso para su necesidad, ¿pero los leones tendrían compasión por él, podría convencerlos de que no se lo comieran con su carita de cordero degollado? No, necesitaba subsistir y ese era el medio que mas estaba a la mano. Pero matarlo con sus propias manos se le hacía aberrante ¿se mancharía las manos con sangre de otro ser vivo? ¿Les importaría a los leones embadurnarse de su propia sangre cuando se lo devoraran? ¿Era él acaso un león? “Pobre John, pobre John” exclamó en voz alta, suspiró y pensó: ¿matar o ser matado? ¿Ser o no ser? ¿Avanzar o retroceder? ¿Moverse o quedarse quieto? “Pobre John, pobre John”. Decidió por fin matar al cabrito, y cuando se le acercó, éste noto sus intenciones y salió en estampida espantado, lo persiguió por entre la espesura del bosque pero tropezó con unas grandes raíces que sobresalían del suelo, se sintió desdichado, pero en ese momento vio frente a sus narices un par de botas de cuero.

Era un guardabosque con aspecto de Bóer, acompañado de un sirviente negro, le ayudaron a levantarse y notó que en su chaqueta estaba el símbolo del parque natural de la costa oeste de Sudáfrica, le preguntó al guardabosque que dónde se encontraban y le dijo que estaban en la reserva natural de Saldahna. John le contó de su desgracia con el avión y le dio infinitas gracias por dar con él, caminaron un rato mientras que el guardabosque le hablaba de las especies que habitaban el lugar, le dijo que estaban a cuatro horas por tierra de Ciudad del Cabo, pensaba que estaba en alguna parte de Angola o del Congo, pero le alivio mucho el saber que estaba en tierra conocida.
En mitad del camino se cruzaron con una gavilla de leones, una gran manada que se veía hambrienta. El sirviente negro empezó a sudar mucho y a temblar, terminó por correr en dirección opuesta, pero una facción más de leones apareció por la retaguardia y le obstaculizó el paso a modo de feroces mordiscos, se lo devoraron y el Bóer empezó a gemir asustado. Mientras que los leones se acercaban, el nerviosismo se hizo presa de los dos, la desgracia no podía ser más infinita, a punto de estar a salvo, se encontraba con este gigantísimo y abundante inconveniente, parecía que su destino estaba echado, su muerte era algo que debía cumplirse y todas las disertaciones sobre su intuición se fueron al piso, su sueño del Nobel se destrozo mientras que un par de leones lo miraban fijamente, no les quito la vista; estaban totalmente rodeados, la tensión crecía a cada segundo, su corazón bombeaba a ritmo estrepitoso, se acercaban cada vez más, y el par de leones no le quitaban la vista de encima, él tampoco, mantenía fija la mirada en sus ojos fieros, y de repente volteó su cabeza a la derecha y vio como la boca de un gran felino melenudo le tapaba la luz del sol y su vista se desplomaba por los suelos.

Entonces escucho: “Señores pasajeros, bienvenidos al Aeropuerto Heathrow de la ciudad de Londres, ya pueden desabrocharse sus cinturones de seguridad. Disfruten de su estadía”.

Tomate Tersites 2011

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